"El universal depende del intelecto y no de las cosas mismas" (interpretación de Tomás de Aquino en Beuchot, 1981, según el material del curso).
El problema de los universales pregunta qué realidad tienen los conceptos generales —"hombre", "justicia", "deudor"— frente a los individuos concretos. En la Edad Media se enfrentaron tres respuestas. El realismo extremo, de raíz platónica y agustiniana, sostiene que las ideas están en la mente divina y tienen más realidad que las cosas, que solo participan de ellas (Buenaventura). El nominalismo responde que los universales son meras voces (Roscelin) o conceptos con fundamento únicamente en los individuos agrupados (Ockham). El realismo moderado, de raíz aristotélica, afirma con Alberto Magno y Tomás que el universal es un concepto que el intelecto abstrae de los individuos, pero que tiene fundamento en la realidad: las cosas se parecen de verdad, y el concepto recoge esa semejanza.
Diseñar un modelo de datos es hacer filosofía medieval sin saberlo. Cuando modelo un proceso tributario, tomo una ley que define actores y deberes, abstraigo lo más importante y lo convierto en entidades de una base de datos para facilitarle el trámite al contribuyente. No invento la categoría, pero tampoco la encuentro hecha: analizo la realidad y descubro que algo que ya existía podía abstraerse y quizá no tenía nombre. En la migración de un reporte a Google Cloud encontré que la categoría "deudor" era demasiado estrecha y debía generalizarse para incluir a más personas que intervenían en el proceso. La realidad corrigió el concepto. Eso solo es posible si el universal tiene fundamento en las cosas y, a la vez, se forma en el intelecto: la posición tomista.
Árbol de Porfirio. Josiele coutinho, Wikimedia Commons, dominio público.
Me inclino por el realismo moderado, y no como compromiso cómodo, sino porque es la única postura que explica lo que ocurre cuando una categoría falla. Si las categorías fueran más reales que los individuos, se perdería la particularidad de las personas: todos compartimos elementos, pero cada persona tiene rasgos propios —gustos, temperamento, historia— que ninguna categoría agota. Esos rasgos no los elegimos en su mayoría, y sin embargo son nuestros; por eso un sistema que juzga por el perfil antes que por la persona es deshumanizante: convierte en destino lo que solo era semejanza. Pero si solo existieran los individuos, se perdería la humanidad como algo común: no habría fundamento para derechos iguales, y lo que aparecería en su lugar serían nichos con etiquetas propias, cada uno convencido de que su grupo es lo humano y lo otro no. El realismo moderado conserva las dos cosas: hay algo real que nos une, y ese algo no dice todo lo que cada quien es. Esto enlaza con la estación 3: lo que nos determina puede ser propio o ajeno, y la categoría impuesta desde fuera es una determinación ajena que no debería decidir por nosotros. Reinterpretar hoy el problema de los universales es preguntar, ante cada clasificación —jurídica, algorítmica, social—, si describe una semejanza real o si empezó a decidir quiénes somos.