"El mundo es un orden necesario y perfecto en el que cada cosa tiene su puesto y su función, manteniéndose en este puesto y en esta función por la fuerza infalible que determina y guía el mundo desde arriba" (Abbagnano, 1994, p. 305).
En una entidad pública como en la que trabajo, el desarrollo de software se rige por lineamientos y normatividad que descienden en cadena: la norma superior determina la inferior y el desarrollador se ajusta a lo establecido. Sin embargo, en la práctica esos lineamientos se siguen de manera parcial, porque suele importar más el resultado que el procedimiento, y con frecuencia no se actualizan al ritmo de los cambios técnicos, de modo que terminan ignorándose. Algo parecido ocurre con las "autoridades invisibles" de hoy —puntajes crediticios, algoritmos de recomendación—, que guían el comportamiento y deciden a qué se puede acceder, aunque nadie les atribuya un fundamento sobre lo que el mundo o las personas son.
La palabra que mejor define la Edad Media es jerarquización: la idea de que existe una fuerza única que ordena todo lo real y que a cada cosa le corresponde un lugar. Este orden no solo legitimaba las instituciones (Imperio, Iglesia, Feudalismo), sino que se convirtió en un método de pensamiento. Como señala Abbagnano (1994, p. 304), el recurso a la autoridad expresa el carácter común y superindividual de la investigación medieval: se piensa desde una autoridad para comprender la verdad revelada, no para encontrarla. El individuo no parte de sí mismo, sino que se apoya en la responsabilidad colectiva de la tradición. Conformarse al orden no era una renuncia, sino la forma correcta de usar la libertad.
Considero que la idea de que "cada cosa tiene su puesto" merece ser reinterpretada, no conservada ni descartada. Tiene un valor real: da orden, permite trabajar de manera más adecuada y ofrece tranquilidad. Pero el orden medieval descansaba en un supuesto que hoy no compartimos: que el lugar de cada cosa está fijado desde arriba y para siempre. El mundo cambia, y lo que hoy ocupa un lugar mañana puede ocupar otro. Los lineamientos que no se actualizan muestran el riesgo de confundir el orden con la inmovilidad. Las jerarquías contemporáneas, además, ya no pretenden decir qué son las personas, sino solo clasificar su comportamiento; por eso no sustituyen al orden medieval, pero sí heredan su función de asignar lugares. Rescatar la jerarquía como herramienta de sentido y no como destino fijo es, creo, la lectura más útil para el presente.