"Si nadie me plantea la cuestión, lo sé. Si quisiera explicarla a quien la plantea, no lo sé" (San Agustín, 2010, p. 382).
Dos polémicas marcan el pensamiento de Agustín. Contra el maniqueísmo sostiene que el mal no es una sustancia sino privación del bien. Contra Pelagio, que afirmaba que el hombre conserva intacta su capacidad natural de elegir el bien, Agustín responde que la libertad natural es solo un poder no pecar, ambivalente, y que la gracia la convierte en un no poder pecar: una voluntad plenamente libre porque se identifica con el bien. Para Agustín, entonces, la libertad no es ausencia de causa, sino la calidad de la causa que mueve la voluntad. Su reflexión sobre el tiempo completa el cuadro: el tiempo no existe fuera del alma; el pasado se sostiene en la memoria, el futuro en la espera y el presente en la atención (Abbagnano, 1994, p. 283). La voluntad se ejerce, por tanto, en un presente que es atención.
El debate contemporáneo entre neurociencia y libre albedrío repite, con otro vocabulario, la disputa entre Agustín y Pelagio. En un diplomado de analítica de datos escuché plantear que, con suficiente información sobre genes, historia y entorno, la conducta sería predecible por completo; los algoritmos predictivos parecen confirmarlo cada día. Autores como Sapolsky concluyen que la libertad es una ilusión; otros, como Mitchell, defienden un compatibilismo según el cual ser causado no elimina la libertad si la causa es del tipo correcto (Rakos et al., 2025). Y la atención fragmentada por notificaciones muestra el otro lado: cuando el presente se disuelve en estímulos, la voluntad no encuentra dónde ejercerse.
San Agustín en su estudio, Sandro Botticelli, c. 1480. Iglesia de Ognissanti, Florencia. Wikimedia Commons, dominio público.
Mi postura es que la idea agustiniana merece conservarse, aunque separándola de su marco teológico. Sigo sosteniendo, como en mi ensayo anterior, que la libertad es la orientación correcta de una voluntad que siempre está, de algún modo, determinada, y no la ausencia de toda determinación. Agustín ofrece una tercera vía entre "todo está determinado, luego no somos libres" y "para ser libres no puede haber ninguna causa": lo que importa es qué tipo de causa nos mueve, si una integrada y orientada al bien o una ajena y dispersa. Donde Agustín ponía la gracia, yo pongo la atención. Su análisis del tiempo lo sugiere: si el presente es atención del alma, cuidar la atención es la forma concreta de orientar la voluntad. Esa es, creo, la lección más vigente de Agustín para una época en que la determinación no viene solo de los genes, sino de los artefactos que compiten por nuestro presente.